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Reseña del libro: “El documental como crisol. Un análisis de tres clásicos para una antropología de la imagen” de Karla Paniagua Ramírez CIESAS 2007

Ricardo Pérez Montfort[1]

CIESAS DF

En el número 16 de la segunda época de la revista Tlatoani de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, correspondiente a diciembre de 1965, el todavía no tan conocido antropólogo mexicano, Guillermo Bonfil Batalla escribió unas “Notas sobre el cine documental en la antropología”. Después de hacer una somera revisión de algunas aportaciones de Jean Rouch y Edgar Morin relativas al vínculo entre el cine y las ciencias sociales, y de comentar cómo la propia antropología mexicana ya se había valido de la literatura para explicar mejor sus propias aportaciones, pero sobre todo para acceder a un público mayor, Bonfil remataba sus reflexiones insistiendo en que el cine le ofrecía a los antropólogos por lo menos cuatro enormes beneficios. Decía:

“…durante el trabajo de campo, es un medio que permite obtener documentación gráfica de indiscutible valor para completar las observaciones; en el trabajo de gabinete, el archivo cinematográfico pone al alcance del investigador un tipo de materiales que ninguna otra fuente puede ofrecerle. Una cámara cinematográfica en acción es un agente que crea situaciones de naturaleza especial, ante las cuales responden los individuos de manera muy variable, en función de su cultura y de las condiciones concretas que se lleva a cabo la filmación; así el cine puede emplearse como estímulo, como instrumento activo para la investigación. Por último, y este es el aspecto que más se ha buscado destacar en estas líneas, el cine puede convertirse en un vehículo de comunicación, el medio por el cual el antropólogo está en condiciones de presentar ante un público no especializado, los resultados de sus estudios, con todo rigor científico, pero en un “lenguaje” (imagen y sonido) claro directo y emotivo…”[2]

el-documental-como-crisol-un-analisis-de-tres-clasicos-para-una-antropologia-de-la-imagenTal parecía que en aquellos primeros años sesenta Guillermo Bonfil estaba tratando de llamarla atención no sólo sobre la relevancia del cine como instrumento de trabajo para los antropólogos y los científicos sociales, sino también sobre la necesidad de que los mismos tuvieran acceso a otras formas de divulgación además de los clásicos artículos y ponencias, libros, conferencias, visitas guiadas, reuniones con tomadores de decisiones, informes, etcétera.

Afortunadamente, hoy en día, ya es difícil que algún antropólogo niegue la importancia del cine en todos sentidos. Pero también es cierto que hoy en día la cosa se ha complicado bastante. No sólo se reconoce la relevancia de la relación cine ciencias sociales, sino que incluso ya existe un binomio, bastante discutible, pero muy usado que indica la existencia de una subárea de la misma disciplina y que se enmarca bajo el rubro de «antropología visual».

Sin querer entrar en ninguna discusión sobre dicho binomio, hay que resaltar que el asunto se ha podido complicar incluso más al haber una antropología de la antropología visual. Lo cual indica, desde mi punto de vista, que la misma subárea ya también ha llamado la atención, no sólo de quienes están involucrados en ella, sino de aquellos que han hecho de la reflexión en torno del quehacer antropológico un quehacer académico.

Para ningún antropólogo o científico sociales desconocido que los métodos, los marcos teóricos, las «formas de hacer y saber» de sus áreas de conocimiento, son materias en constante discusión y por eso no es raro que aparezca un libro como el de Karla Paniagua. En realidad se trata, según mi parecer, de un libro que más bien ya se había tardado en salir. No sólo porque se refiere a una temática que ya lleva un rato calentándoles la cabeza a antropólogos y científicos sociales, (como puede verse en la cita anterior de Bonfil) sino porque, a pesar de lo en boga que está el asunto de la antropología visual lamentablemente tenemos pocas referencias en español y menos hechas desde la óptica del mundo latinoamericano.

Si bien el libro de Karla se ocupa fundamentalmente de tres clásicos ejemplos de la relación entre el cine y la antropología -a saber Nanook, el esquinal de Robert Flaherty, El hombre de la cámara de Dziga Vertov y Crónica de un verano de Jean Rouch-no cabe duda que es también una muy buena introducción al tema de la propia Antropología de la Imagen (como ella la llama), y desde luego también una interpretación muy sugerente sobre los múltiples significados que pueden aparecer a la hora de pensar la relación entre el cine y «la otredad». Karla se interna en lo que llama «la polisemia» de cada una de las obras analizadas, pero a la vez explica los mecanismos a través de los cuales cada una establece su principio de «verdad». Eso es para ella el meollo del documental de corte antropológico. Cito:

«El documental antropológico entraña supuestos concretos -aunque no siempre explícitos- sobre la verdad (antropológica), la realidad, el sujeto, la cultura, la relación entre investigador e informante, los cuales tamizan la integridad del texto.» (pp. 100-101).

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Robert J. Flannery / Pathe Pictures Imagen de dominio público

La búsqueda de lo verdadero, a pesar de que pueda hacerse a través de recursos que apelan a la ficción, o que muestran claramente los rasgos ideológicos que permearon la hechura de estas obras, es precisamente lo que diferencia a un documental de los otros usos que se la han dado al celuloideo a la cinta magnética.

Sin embargo la propuesta está muy lejos de ser mecánica o unidireccional. Karla reconoce que los documentales antropológicos son «reductos complejísimos» que van mucho más allá de la búsqueda de un retrato «verdadero de la realidad o de sus representaciones. Y que no sólo dependen de quién los hace y cómo los hace, sino también de cómo se ven, quién los ve, por qué los ve, para qué se usa la información extraída de él, etcétera, etcétera, etcétera.

La frase con la que termina su análisis es una muy honesta y amable invitación a que se considere esa relación múltiple. Dice:

«Si logramos enfocar el valor del texto antropológico en su vertiente audiovisual como resultado de una experiencia viva, encontraremos parámetros a la luz de los cuales podemos mirar la antropología de la imagen con ojos entusiastas.» (p. 104).

La propuesta es por demás abierta. Aún cuando ella misma de pronto recurre a ciertas fórmulas simples ya veces incluso a algunos términos un tanto rebuscados (como la epistefilia de Bill Nichols) para acercarse a los tres documentales clásicos, el análisis de los mismos no sólo es una lectura fresca y generosa, sino que da cuenta de las múltiples posibilidades que se suscitan a partir de observar una mirada ajena.

Sólo le tengo un pequeño reclamo. Al final del capítulo II, Karla hace lo que llama una «Breve escala» para hablar muy de pasada sobre el documental antropológico mexicano entre 1920 y 1960, es decir durante los años que transcurrieron entre la filmación de los inuits por Flaherty, los moscovitas por Vertov y los parisinos por Rouch. Me parece que el repaso es particularmente limitado e injusto. Su deficiencia no sólo estriba en las múltiples omisiones de muchos documentalistas antropólogos de ese mismo periodo (como Manuel Gamio, Lucio Mendieta y Núñez, Julio de la Fuente, Miguel Covarrubias, etcétera) sino que tampoco parece venir al caso hacer referencia a trabajos que son muy posteriores a dicho periodo como los del Archivo Etnográfico Audiovisual (1977) o las Miradas a la realidad (1990). Cierto que nos falta una buena historia del documental antropológico mexicano, pero referencias como las que aparecen en este apartadito no le ayudan mucho al libro, si la pretensión es, como supongo, hacer un anclaje nacional o tratar de incorporar las posibles influencias que tuvo en México el cine antropológico norteamericano y europeo analizado en el resto del texto.

En fin, el asunto no es tan grave y la verdades que sólo se trata de dos paginitas que, en el fondo, no alteran en absoluto la propuesta de Karla, que permea el resto de sus 104 hojas. Además es cierto que dicha propuesta es original y oportuna, en estos momentos en que los cambios tecnológicos viven una rapidez inusitada y que cada vez es más accesible el registro de los aconteceres humanos por cada vez más seres humanos. Lo cual quizás redunde en la democratización del saber, pero igual en su dispersión y superficialización.

El hacer la antropología de tres clásicos del documental antropológico con una propuesta amable y abierta no sólo debe de ser aplaudida, sino que bien puede servir como ejemplo de los alcances que existen en una antropología propositiva y claramente comprometida con la problemática de su tiempo. Un trabajo como el de Karla no sólo debe ser conocido por los antropólogos y los científicos sociales de hoy, sino también por los cineastas, por quienes hacen documentales, por quienes se creen voceros de la «realidad internacional y nacional» y por qué no? por quienes creen que lo que ven en el cine es un reflejo de lo que acontece en la «vida real», es decir por el público en general. ¡¡¡Enhorabuena!!!

Notas

[1] Este texto fue leído por el autor de la reseña en la presentación del libro el 24 de Mayo de 2007 en la UAM-Iztapalapa

[2] Guillermo Bonfil, “Notas sobre el cine documental en la antropología” en Tlotoani, 2a épica, núm. 16, ENAH, México, diciembre 1962, p.42.